El día nacía por el horizonte; tímido y sonrojado se asomaba el sol.

Desde mi ventana contemplaba el paisaje despues de haberme desperezado,

al sentir en mis mejillas el roce amable de la luz.

Sentí el latido rítmico de mi corazón que me invitaba

a un nuevo día.

Decidí sumergirme en el mar tranquilo de la vida que se me ofrecía.

Todo parecía nuevo:

presentía a la vecina gruñona del quinto con faz amable, cercana.

La algarabía de los niños se asemejaba al gorjeo de los gorriones.

El ruido de los coches y motos pregonaban la dureza del asfalto.

Decidí cambiar de rumbo hasta que bajo mis pies,

noté la arena mojada y anduve lentamente hasta que sentí en mi rostro

el contacto del sol que caminaba majestuoso

por el azul plata.

Sin pensarlo más, me dejé mecer

por aquellas aguas calmas del mar.

Él me atrae, solo con contemplarlo me transforma,

soy otra persona.

Me siento en la orilla y casi sin querer van surgiendo en mi mente

recuerdos lejanos como traídos por las mismas olas

que suavemente se rompen cuando llegan a la orilla.

Pasaron las horas y volví sobre mis pasos.

Aspiré por último y con ansia

el aire puro de la brisa.

Las siluetas de los gigantes dormidos fue creciendo

y tomando un color grisáceo, su sombra me iba envolviendo

hasta adentrarme en el asfalto y hierro.

Sentada en mi sofá empecé recuerdos

y recuerdos de mi existencía

hasta que con la llegada del crepúsculo

me levanté y volví a mirar por la ventana para despedirme

de mi amigo sol

y prometerle que al día siguiente,

volvería a caminar en su compañía

si él se asomaba por mi ventana.